Año 1. Prólogo 2.

Aquel 24 de Diciembre de 2018, no fue un día para nada fácil. Llevaba todo el día encontrándome mal, teniendo pensamientos intrusivos sobre enfermedades y la misma muerte, de modo que no tenía ganas de hacer absolutamente nada. ¿De que servía comer, si pensaba que me estaba muriendo?

Para la cena de esa nochebuena, vinieron a comer mi hermano, mi cuñada y su hijo. Este, mi sobrino, era un bebé de meses, que no hacía más que hacerme feliz cada vez que lo veía. Sin embargo, mientras comíamos y ellos reían, mi cara era la de un difunto en vida. 

Pude notar como observaban mi comportamiento, hasta el punto de que sintieron lástima y temor por lo que me podía estar sucediendo, puesto que mi cuñada ya lo había sufrido anteriormente, y ya me dijeron pues, que estos síntomas eran bastante preocupantes dado que indicaban un estado de depresión. 

Tras estos días, hubo varias noches de mucha intensidad, en las que me era imposible dormir, debido a sensaciones de taquicardia, gran nerviosismo, etc... Mi única herramienta, era un ansiolítico cuyo nombre empieza por "dia" y que lograba tranquilizarme, o en otras palabras, dejarme tieso como un zombie. 

Mientras ocurrían todos estos hechos, acudí al médico de modo que este al atenderme me preguntó si estaba agitado, si tenía preocupaciones por algo referido a mis estudios, etc... Tras esto, lo único que hizo fue darme un papel con ejercicios de relajación para aliviar el estrés, provocando mayor preocupación en mí pero también una dosis de indignación por la poca atención que se me puso. 

Antes de fin de aquel año, acudí a mi médico de cabecera, quien me mandó hacer una analítica general de sangre. Esta salió absolutamente perfecta, por lo que empezó a plantearse un trastorno como causa de aquella situación, dando pie entonces, a tomar las primeras decisiones importantes en el tratamiento de la enfermedad. Es decir, buscar ayuda: un psicólogo y un psiquiatra. 

 

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